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Javi me descubre el misterio de la dedicatoria a Zweig en ‘El gran hotel Budapest’. Me habla de la Sociedad de las Llaves Cruzadas y me recomienda efusivamente ‘El miedo’.
Raquel, desde Asturias, comparte conmigo, entusiasmada, su lectura de ‘A través de los muros’.
Iñaki y Raúl, en Tipos infames, alaban las virtudes de ‘María República’ y se aseguran de que lea un fragmento muy corto en voz alta, para garantizar mi regreso a Gómez Arcos.
Armando me regala ‘La tumba del tejedor’ y mi padre consigue para mí un ejemplar de ‘Los informantes’.
Vitu, como siempre, no me guarda ningún rencor y hace las preguntas adecuadas mientras recorremos la Gran Vía. Su paciencia conmigo, a prueba de milenios, no tiene límites. Va por la página 2.100 de las obras completas de Dostoyevski. Avanza sin ninguna prisa. Le cuento que, en medio de esta infinidad de estímulos inmerecidos, que me hacen sentir afortunada, he visto en La 2 un documental en el que una voz en off explica que los murciélagos son capaces de batir sus alas hasta ocho veces por segundo.
No se sorprende.
Alguien me escribe cosas bonitas.
Y yo prefiero no pararme ni un segundo.
Porque si lo hago, pienso en el aleteo de los murciélagos.
Y también en los barcos hundidos.