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alcocebre, archipielago gulag, el color purpura, la araña negra, libreria aida, loa viveros, los niños del brasil, mundo forja, punto de rescate
En el aparcamiento de Xanadú, junto a uno de los muros del edificio, al lado de una de las salidas de emergencia, hay un cuadrado trazado con líneas fluorescentes sobre el asfalto, y en su interior, con letras mayúsculas, puede leerse: “PUNTO DE RESCATE”.
Mientras nos tomamos el café de media mañana al sol (no hay sol más implacable que el de los aparcamientos de los supermercados y los centros comerciales) y fumamos con prisas un cigarro, Borja, María, Álex y yo nos interrogamos acerca de la naturaleza de reducto semejante y deducimos que se trata del lugar de encuentro en caso de accidente; ha de ser allí, en el interior de ese cuadrado minúsculo, donde deben reunirse los supervivientes de una supuesta catástrofe local. Si algo pasa y no eres capaz de llegar al punto de rescate, se te dará por muerto. El punto de rescate, que durante nuestro segundo desayuno tiene la pátina de los lugares abandonados y los jardines salvajes, en algún momento puede alcanzar el estatus de “objetivo”; y sólo entre sus límites el individuo tiene permitido desmoronarse física y anímicamente. Nunca antes. Jamás hay que mostrar debilidad en el trayecto, que exige de nosotros la entereza de los protagonistas de una película acción.
Interesante.
Anoto en mi libreta roja la expresión y, con un instructivo regreso a Madrid en coche, en el que Arias me descubre la diferencia entre los cúmulos y los nimbos, remato mi última jornada laboral antes de las vacaciones.
Viajo a Alicante y luego a Valencia, donde Antonio me espera con un montón de productos portugueses: manteles, quesos, aceite, un gallo de Barcelos, vino dulce…
Hace fotografías*.

Entonces empieza a bajarme la tensión. Mi récord se sitúa en una mínima de 4’7 el martes o el miércoles, pero yo me encuentro más o menos bien. Trabajo en el primer capítulo, llevo a Antonio hasta Los Viveros, pasamos un día en Alcocebre y acompaño a María José a Mundo Forja, donde conozco a Javi, que me explica con paciencia las nociones básicas sobre el montaje de las miniaturas. Empiezo a leer ‘Archipiélago Gulag’ y bajamos al río un par de veces… hace mucho calor, comemos paella, arroz negro, arroz al horno; y sólo la última tarde antes de que Antonio coja el avión de vuelta a Lisboa, cuando cruzamos el Pont de Fusta para visitar Aida**, la librería solidaria de segunda mano que Ana nos recomienda, comprendo entre los libros que Valencia es mi punto de rescate, y que es aquí donde el castillo de cartas se tambalea y cae para siempre, para que pueda empezar definitivamente de cero.
Ana tenía razón: la librería es inmensa y si no hay prisa es fácil dar con algún tesoro entre las estanterías repletas y las pilas y pilas de ejemplares: ella consiguió las descatalogadísimas ‘El color púrpura’ y ‘Los niños del Brasil’; yo compro por cuatro euros una edición completa de ‘La araña negra’. Al ojearla, convencida de que me hallo al final de mi viaje al centro de la Tierra, pienso en los que desconocen su lugar de refugio; en aquellos que se despiertan intactos tras la explosión y vagan a la deriva, permitiendo que el agotamiento haga con ellos lo que no consiguieron hacer las detonaciones: destrozarlos, lograr que caigan rendidos.
Y llego a la conclusión de que todos merecemos un destino en el que guarecernos, un rincón o unos brazos donde certificar que continuamos vivos.

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