En San Juan creen que soy extranjera y todos le preguntan a Raquel si hablo español y de qué país vengo. Me resulta raro: ¿Poseo un físico tan arrebatador que automáticamente se da por hecho que soy sueca? ¿Tan callada soy que la gente llega a pensar que no entiendo el idioma? Ante semejante posibilidad, me esfuerzo por ser sociable e intento entablar conversación. No quiero que mi belleza natural, por muchos de vosotros conocida, me encierre en una torre de marfil, así que me explayo con los lugareños y muy pronto se presentan las consecuencias.

En la urbanización sólo hay diez casas, distribuidas alrededor de una piscina rectangular bastante grande, protegida por un seto y una cancela roja. Durante el fin de semana la zona común se llena de gente: se celebra un cumpleaños sorpresa y un grupo de italianos quinceañeros llega para instalarse en uno de los bungalows. Intuyo qué no tardarán en sentirse decepcionados. Esto no es Magaluf. Entresemana la cosa cambia y, cuando salgo a darme un baño pasadas las diez, la zona de la piscina está vacía y puedo elegir la sombra perfecta para devorar la última novela que escribió Shirley Jackson, ‘Siempre hemos vivido en el castillo’. Al principio me cuesta, pero pronto descubro en la prosa de Jackson, que murió a los 49 años, adicta a mil fármacos, obesa mórbida y agorafóbica, un odio latente por el ser humano que me fascina; la clase de desprecio psicópata y marginal que debe canalizarse bien a través de la literatura, bien planeando y llevando a cabo asesinatos en serie.
Siempre son increíbles los textos de los que eligen la primera opción, porque el encogimiento del estómago del lector no llega tanto con el hecho explícito como con la evidencia, la insinuación de que en cualquier momento podría producirse la tortura; la certeza de que las riendas que guían a los caballos sirven perfectamente, también, para estrangularlos, aunque el disfrute es mucho mayor si se mantiene a la víctima en el límite.
Es la única manera de que no acabe el juego.

Por las tardes paseamos a Curro. Todavía es cachorro y desconoce la maldad. Es la única razón que encuentro para que me quiera tanto. Pasa las noches en mi puerta, gimiendo. Raquel intenta convencerlo a primera hora de la mañana para salir, pero como yo sigo dormida le cuesta sacarlo. Por las tardes les acompaño y nos encontramos con otros paseadores en uno de los parques de San Juan: un hombre de mediana edad con una cocker negra que se llama Greta; y un anciano con una camiseta rosa de algodón, que pasea a una Jack Russell que se llama Kira.
El hombre de mediana edad no tarda en entablar conversación con Raquel (la segunda o tercera pregunta que le hace es de dónde viene su amiga, o sea yo) y el anciano habla conmigo: le explico que soy de Valencia, aunque llevo casi quince años viviendo en Madrid, y él me explica que nació en Aragón, pero también acabó madrileño. Le pregunto cuándo piensa volver a la ciudad y es entonces cuando me cuenta su historia con una naturalidad pasmosa, mientras Raquel y el amo de Greta intercambian información sobre los perros.
El anciano, que presume de sus 89 años, me dice que tiene una hija instalada por trabajo en San Juan, y que las Navidades pasadas él y su mujer vinieron a verla: “y el treinta y uno de diciembre mi mujer se murió”, dice encogiéndose de hombros, sin mostrar ninguna emoción, sin darle importancia al hecho de estar compartiendo historia semejante con una desconocida, “desde entonces no encuentro ninguna razón para marcharme”.
Le digo que lo siento y él vuelve a recordarme su edad, que no aparenta. Es un triunfo. Vivió siendo adolescente la Guerra Civil y pasó mucha hambre. Comprendo deprisa que está lleno de historias y, al despedirnos, adivino que debe llegar un momento en que la importancia del más grave de los percances sea para el individuo relativa.
No sé si quiero o no que me pase eso.
Escribe, me dice Raquel. Escribe, me dice Reca. Mi madre se alegra cuando le digo que estoy escribiendo.
Y yo, sin embargo, no tengo la sensación de otras veces. Esta es diferente.
Hay algo que no he hecho bien, porque sé que no estoy del todo a salvo.